sábado, octubre 04, 2014

Cuba: La creación y distribución de riquezas: una comparación necesaria [I]

Cubanalisis-El Think-Tank continúa reproduciendo aquí otra parte del libro de Armando Navarro Vega "Cuba, el socialismo y sus éxodos", publicado por Palilibro en 2013. En este capítulo se aborda una constante para el análisis de la realidad cubana: ¿qué pudo haber sido una Cuba sin revolución castrista?
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Armando Navarro Vega
Cuba fue una de las últimas colonias españolas en independizarse, y por ello la etapa republicana de su historia comenzó con un siglo de retraso respecto al resto de Latinoamérica. El 1 de enero de 1959 la joven República no había cumplido aún 57 años, pero en su breve existencia ya había acumulado notables resultados positivos y también negativos, sobre todo en el ámbito político.
 
¿Qué sería Cuba hoy día, en los comienzos de la segunda década del siglo XXI, si no hubiese triunfado la revolución? Eso nunca lo sabremos con certeza, porque todo ocurrió de la manera en que ocurrió.
 
El régimen, y la porción de la izquierda mundial que aún le apoya, continúan insistiendo machaconamente en que la isla sería el casino y el burdel de los Estados Unidos, la joya de la corona de la mafia norteamericana. Un país intervenido y mediatizado por los Yankees, atrasado y subdesarrollado como el que más, con una población sin educación ni salud, dominada por una burguesía cuyo único mérito conocido es que sabía disfrutar de la vida.
 
Una versión que Hollywood ha contribuido a fomentar gracias (por ejemplo) a cintas como “El Padrino”, segunda parte, dirigida por Francis Ford Coppola. Toda la secuencia que supuestamente transcurre en Cuba es una especie de “círculo político” que frecuenta casi todos los tópicos conocidos.
 
Es memorable (por panfletaria) aquella escena en que el capo Rothman (Lee Strasberg) ofrece una recepción a los representantes de las “familias” reunidos supuestamente en la terraza del Hotel Capri, y la cámara hace un largo primer plano de una tarta decorada con el mapa de la isla de Cuba en merengue, que un camarero va cortando en porciones y sirviéndole a los asistentes, mientras Rothman explica las enormes oportunidades de negocios que se abren ante ellos.
 
Cuando unos instantes después Michael Corleone (Al Pacino) menciona el heroísmo de un revolucionario que se inmola durante una redada de la que fue testigo, solo faltó que todos los actores, brechtianamente, mirasen directo a cámara en un cuadro general y declamasen al unísono: “porque en una revolución se triunfa o se muere si es verdadera”, citando un fragmento de la carta de despedida de Che Guevara.
 
La Habana que recrea Coppola es una ciudad fea y ajada, con las calles abarrotadas de gente que deambula sin oficio ni beneficio, al parecer estúpidamente contentas y resignadas con su miseria, mal vestidas, con hordas de niños mendigando, de la que se enseñorea el juego, la pornografía y la prostitución, y que contrasta con la elegancia, la pulcritud y hasta la inteligencia de los delincuentes norteamericanos, y con la opulencia de los hoteles y lugares que frecuentan.

Curiosamente, esa mirada cinematográfica inspira la impostada escenografía que tanto gusta a los turistas que frecuentan hoy esa Habana de atrezzo, con sus automóviles norteamericanos de época trucados con piezas soviéticas, sus personajes very typical interpretados por figurantes profesionales que se exhiben en la Plaza de la Catedral o en la Plaza Vieja (la “Negra Santera”, o el “Dandy” impecablemente vestido de blanco, recién salido a su vez de Nuestro hombre en la Habana [1]) o los inevitables y omnipresentes tríos con sus guayaberas interpretando lo más florido del repertorio musical de los años 40, en los mismos hoteles, restaurantes y bares supuestamente elitistas que frecuentaban en aquellos años los gangsters, los políticos corruptos, los american tourists, los burgueses, los intelectuales, los faranduleros, y los diletantes del patio y de allende los mares.
 
Que levante la mano el turista que, sintiéndose Hemingway por un día, no se ha tomado un Daiquirí en “El Floridita” o un Mojito en “La Bodeguita del Medio”, a great place to get drunk como dicen que dijo Errol Flynn.
 
El turista progre reconoce con rubor (y con una sensación agridulce, todo hay que decirlo) que sus euros o sus dólares le confieren un estatus privilegiado frente al aborigen “bisnero” o negociante que le aborda descaradamente en la calle para venderle el alma si hace falta; o frente a esa indígena zalamera de grupas abundosas, que le ofrece con gran desparpajo su juventud y su sabiduría amatoria a cambio de casi nada, soñando con que algún rendido enamorado se la lleve a Roma o a Madrid, igual que hicieron con sus amigas Yudislaidys y Yenisey; o frente a ese mestizo dicharachero, bailón y bien dotado que le sube a esa extranjera (tan feminista ella) la moral y la temperatura, susurrándole al oído palabras que la desordenan, que le hacen perder toda compostura y hasta las nalgas con gran alborozo. Las mismas palabras por las que en Montreal o en Salamanca hubiese denunciado airadamente a cualquiera por acoso sexual.
 
Después de varios daiquirís y de una profunda reflexión filosófica de un minuto acerca de la colonización de América, el turista progre reconoce en los rasgos de su solícito bartender la superioridad moral del buen salvaje transmutado en buen revolucionario, y se despide de él con un clásico: You're a better man than I am, Gunga Din!
 
Es lo que tiene el alcohol, que mezcla, revuelve y confunde el internacionalismo proletario con la secular memoria colonial grabada en el código genético de nuestros nuevos “amigos”; que hace aflorar un íntimo desprecio inconsciente y condescendiente, del que es portadora su efímera admiración etílica; del que Gunga Din se entera perfectamente bien, y del que toma nota con una amplia sonrisa.
 
Llegará el día en que el aborigen negociante, que a la sazón regentará en propiedad (y sin absurdas restricciones) un bar de moda junto al solícito bartender; en que la indígena zalamera, que será socia y vendedora en la boutique de sus amigas Yudislaidys y Yenisey, y en el que el mestizo-dicharachero-bailón-y-bien-dotado, convertido en pequeño empresario de la construcción, se venguen “a la cubana” y le griten a coro al turista progre que, a destiempo y despojado de “sus encantos” les observa perplejo, desorientado y solitario desde la esquina del Hotel Sevilla: ¡Galleeego, que clase´e come miedda tu ereee! mientras se alejan, riendo y congueando con sabrosura por el Prado en dirección al Malecón.
 
Esa Habana hollywoodense para turistas es una máscara que oculta a la verdadera Habana. Esa ciudad sobreactuada no existe. Nunca existió.
 
En La Habana que recuerdo de mi primera infancia había de todo. Ciertamente había niños descalzos y harapientos que limpiaban zapatos, o que pugnaban por limpiar los cristales de los automóviles en los semáforos a cambio de alguna moneda; que viajaban parados en la defensa trasera de las “guaguas” General Motors, agarrados en precario equilibrio con la punta de los dedos al mínimo espacio que quedaba entre el cristal de atrás y la carrocería.
 
En los bares había victrolas que reproducían sin cesar boleros y guarachas, que eran las brújulas comerciales de las casas discográficas cubanas y extranjeras. Los autobuses eran abordados por músicos que tocaban y cantaban un número con más o menos arte, y que al terminar su interpretación pasaban el sombrero diciendo “coopere con el artista cubano”.
 
Había mendigos en las puertas de las iglesias, y zonas de tolerancia donde se ejercía la prostitución, en viviendas que se anunciaban discretamente con una bombilla roja sobre la puerta. Había casas de vecinos o solares que olían a keroseno y a carbón (el olor de la pobreza urbana) bullangueros, ruidosos, que solo decretaban una tregua para escuchar en la radio los poemas de Amado Nervo y Rubén Darío declamados por Carlos Badías, mientras esperaban la novela de las tres.
 
Había un barrio chino (que nada tenía que envidiarles a los de San Francisco o Nueva York) donde vivían chinos de verdad, recién llegados de la China comunista, con sus teatros, sus restaurantes, sus cines, sus lavanderías o “trenes de lavado”, sus farmacias y sus periódicos.
 
Había “polacos” nacidos en Ucrania y en Hungría en la calle Muralla, sobrevivientes de algún ghetto o de un campo de concentración alemán, que vendían retales, pañuelos y corbatas expuestos en tarimas de madera en los portales.
 
Había un número importante de “isleños” de Tenerife y Gran Canaria, de “gallegos” de Gijón, de Bilbao, de Tarragona y hasta de Lugo que seguían llegando con la esperanza de labrarse un futuro mejor, acompañados de italianos y de “moros” libaneses.
Había miles de vendedores ambulantes, fondas, cantinas, restaurantes y puestos de lotería; en muchas esquinas había pequeños locales con cromadas cafeteras italianas que vendían café expresso en tazas pequeñas, y los chóferes de los autobuses se bajaban unos segundos escoltados por algunos pasajeros a libar “el néctar negro de los dioses blancos” como le llamaba a esa infusión un conocido comediante, frase que caló y perduró en el argot popular; se vendían ostiones (ostras) con salsa picante de tomate en vasos de cristal cortos y largos; fritas, pan con bistec y minutas de pescado, churros, chiviricos, algodón de azúcar y chicharrones de viento.
 
Maniseros, heladeros, granizaderos y tamaleros pregonaban las excelencias de sus productos (¡Creeemita de leche condensada Nelaaa! ¡Eeel máni, que rrrico eeel máni! ¡Paleticas de Coco, pa´las niñas y pa´las señoras!) y los fruteros llevaban su mercancía hasta las puertas de las casas o hasta los balcones, transportada por las amas de casa en una bolsa o cesta atada a una cuerda.
 
Había extensas barriadas, edificadas o ampliadas durante la primera mitad del siglo, como Lawton, Santos Suárez, La Víbora, el Cerro, Marianao o el Vedado, donde vivía una creciente y pujante clase media. Las huellas del Art Nouveau y Decó aún hoy se pueden apreciar no solo en edificios emblemáticos, sino en las deterioradas fachadas de muchas casas de la Habana Vieja y Centro Habana, espectrales testigos de ese apogeo.
 
También había sofisticación, buen gusto y modernidad; tiendas por departamentos que emulaban con las mejores tiendas norteamericanas, y que estaban al alcance de muchos bolsillos; boutiques, perfumerías, casas de moda, cafeterías y restaurantes con encanto, concesionarios y casas de representación de las mejores marcas.
 
La gente iba mayoritariamente bien vestida, al menos con pulcritud. Había limpieza en los edificios y viviendas, los portales y los pasillos olían a “Pinaroma”, y las fuentes de los parques tenían agua.
 
Yo pertenezco a la última generación (los nacidos en la primera mitad de los 50´) que  conserva recuerdos propios de esa otra ciudad, que se resistió con todas sus fuerzas a desaparecer durante algunos años más después del triunfo de la horda.
 
Aún, cerrando los ojos, puedo paladear el sabor de los helados de caramelo del “Restaurante Miami”, o ver las librerías de la calle Obispo, las grandes como “La Moderna Poesía” o “Minerva”, o las pequeñas librerías de viejo, que en nada se parecían y que siempre evoco, por alguna extraña razón, cuando veo los quioscos de prensa de la Rambla barcelonesa.
 
Yo sé cómo olía la tienda “El Encanto” (la Universidad de Ramón Areces, el cofundador de “El Corte inglés”) parado frente a la puerta; todavía me parece asombroso el realismo de los maniquíes de sus escaparates o vidrieras, que volví a encontrar decenas de años después en algunas tiendas de París, y aún recuerdo el fulgor de las llamas en el cielo aquella aciaga noche de 1961 en que la devoró el fuego, convirtiendo a La Habana, como dijera Edmundo Desnoes, en la “Tegucigalpa del Caribe”, y que me perdonen los hondureños.
 
Yo conocí un Paseo del Prado con el suelo pulido, con un techo tejido por las ramas entrelazadas de los laureles que lo flanqueaban a uno y otro lado, en el que anidaban miles de gorriones (un verdadero peligro para la ropa al atardecer) y que protegían al paseante de los rigores del sol y el calor en toda su extensión, desde la calle Neptuno hasta casi el Malecón.
 
Recuerdo el sonido en las noches de las bombas y los petardos “del Directorio y del 26”, que después seguiría escuchando hasta 1961 ó 1962, colocadas por las manos de la resistencia contrarrevolucionaria.
 
Recuerdo el arbolito de mi casa sin luces (y mi enfado por ello) en las navidades de 1958, apagado siguiendo una consigna revolucionaria según supe después. Yo vi desde mi balcón cómo las turbas rompían y saqueaban los parquímetros a toda velocidad, aquel uno de enero de 1959 disfrazado de alborada, y vi una semana después, a horcajadas sobre los hombros de mi padre, entrar el Apocalipsis a La Habana a lomos de un rugiente caballo de fuego, desde el mausoleo a la memoria de los estudiantes de medicina fusilados en 1871, frente al Castillo de la Punta. Yo también aplaudí y vitoreé con entusiasmo a los “barbudos” ese día, a mis ojos una especie de reyes magos con fusiles y cananas, paradójica o proféticamente a la sombra de un antiguo paredón de fusilamiento.
La diferencia con la actual Habana de cartón para turistas es que aquella era real, estaba viva. Solo los “paladares” o restaurantes privados aportan algo de esa autenticidad perdida. Esta Habana de atrezzo es una ciudad imposible, detenida en el tiempo.
 
Todo es de una mendacidad difícil de disimular. Es una caricatura, un cómic de lo que fue. Los camareros, los cantineros, el torcedor de puros, la Negra Santera, el Dandy, “la jinetera y el pinguero [2] comparten un escenario, actúan como extras en una superproducción para extranjeros, fingen que no “representan” mientras se comportan como los habaneros de celuloide del cine progresista yankee. Son cubanos del siglo XXI disfrazados de época.
 
Ellos también saben, mejor que nadie, que la verdadera Habana está a la vuelta de la esquina, apenas a 50 metros de esta plaza declarada Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad. Una Habana que canta raps contestatarios en vez de boleros, y que no usa guayaberas. Allí está la frontera donde cada madrugada, finalizado el show, los figurantes se quitan la máscara de la sonrisa obsequiosa y recuperan su impotente agresividad, en la sordidez de las ruinas habitadas y en la desesperación por escapar de ellas antes que acaben aplastando sus vidas definitivamente. Pero lo peor, lo que más me duele, es esa pátina de indignidad que todo lo cubre.
 
Mis percepciones y recuerdos son legítimamente míos, tanto como para cualquier persona los suyos, incluso aunque sean diametralmente opuestos. Ese es el gran problema que hace que aún se siga discutiendo sobre el rigor científico al que aspira la Historia, y la razón por la que necesita apoyarse en otras disciplinas para obtener datos e información.
 
Pero la cuestión se magnifica cuando entran en liza criterios político-ideológicos encontrados, que pretenden demostrar la validez de su propio relato acerca de una realidad concreta, en un momento histórico concreto.
 
La comparación rigurosa y multifacética entre la Cuba republicana prerrevolucionaria y la actual sería sin duda una empresa apasionante (sobre todo ahora que se acerca el momento en que la duración temporal de ambos procesos históricos será la misma) pero que excede con mucho mi capacidad y entusiasmo, así como el alcance del presente trabajo.
 
Cada vez quedan menos testigos, y las fuentes documentales son escasas y/o poco fiables tras largos años de manipulación, de secretismo o destrucción sistemática y minuciosa. El desarrollo tecnológico hace imposible comparar los adelantos actuales con una etapa en que aún no existían.
 
En cuanto a las metodologías de medición del desarrollo económico y social internacionalmente aplicadas ocurre otro tanto, como lo explican Carmelo Mesa-Lago y Mauricio de Miranda.
 
El Índice de Desarrollo Humano (IDH) comenzó a aplicarse a partir de 1990. En 1958 no existía el “dólar internacional con paridad de poder adquisitivo” o PPA [3] para estimar el PIB por habitante, ni tampoco estaban generalizados los métodos estandarizados para medir indicadores sociales como la incidencia de la pobreza, o el coeficiente GINI de desigualdad (ya existente, pero que se comenzó a aplicar solo en algunos países a partir de 1960) sobre los que Cuba en cualquier caso no publica estadísticas en la actualidad por razones obvias.
 
Otro obstáculo para la comparabilidad es la existencia de dos monedas en circulación, el peso nacional y el CUC o peso convertible (que tampoco lo es) así como de diferentes tasas de cambio de ambas respecto al dólar, mientras que en 1958 el peso cubano era mundialmente convertible a la par con el dólar.
  
Otra cuestión a considerar es la disponibilidad de información uniformemente compilada y tratada, y el nivel de actualización en fecha de la misma. Por ejemplo, los datos más recientes disponibles de alfabetización y de la situación de la vivienda anteriores a la revolución provienen del censo de población de 1953, seis años antes del arribo al poder de los Castro. El reporte de enfermedades de 1958 es deficiente e incompleto comparado con los posteriores.
 
Para rematar, están los constantes cambios metodológicos que el gobierno cubano ha introducido a lo largo de los años para calcular los resultados de la producción a nivel social y su crecimiento. Esta es la descripción del problema que ofrece Mesa-Lago:
 
“… a) durante el período 1959-1960 continuó con el sistema convencional de cuentas nacionales; b) en el período 1962-1989 cambió para el producto material bruto típico de los países socialistas; c) en el período 1994-2002 regresó al primer método; d) a partir de 2003 introdujo una alteración única en la región, pues agregó al PIB el valor de los servicios sociales gratuitos y el subsidio a los bienes vendidos por la libreta de racionamiento. Esto último, unido al cambio del año base (de 1981 a 1997) para calcular el PIB cubano en precios constantes, ha resultado en una sobreestimación sustancial del mismo, así como en la imposibilidad de compararlo con el resto de la región y del mundo.[4]
           
En cuanto a esta “revolucionaria” modificación por parte del gobierno cubano de la metodología de cálculo del PIB reevaluando los servicios sociales y comunales (responsable de los crecimientos espectaculares del mismo calculados en 2003, 2004, 2005 ó 2006) Mauricio de Miranda precisa lo siguiente:
 
El cambio esencial consiste en que la medición de los servicios sociales no comerciales se establezca por el “precio de producción” que tendría si se vendiese, y no por el gasto como establece la metodología del sistema de cuentas nacionales. Para establecer ese “precio de producción” se elaboraron unas “tarifas” que incluyeron el costo más una determinada tasa de rentabilidad calculada para cada tipo de actividad en este tipo de servicios sociales. Así, se estableció que sólo con fines de la contabilidad nacional al gasto del presupuesto se le sumaría un impuesto del 25% por el uso de la fuerza de trabajo y a la magnitud resultante se le aplicaría una tasa de rentabilidad base del 20% más un plus calculado según la calidad del servicio prestado considerando el nivel de formación del capital humano y el tipo de servicio.
 
Obviamente, el resultado de tal manejo contable es una distorsión significativa en el cálculo del PIB de Cuba. Ciertamente las diferencias de precios nacionales en los factores de la producción e incluso en los bienes y servicios es un factor que dificulta la comparación internacional entre las economías nacionales con la sola aplicación de la tasa de cambio.”[5]
 
De Miranda enfatiza la importancia metodológica del cálculo del PIB como valor agregado principal de la economía a los efectos tanto de la determinación del nivel de actividad económica como comparativos, a precios de mercado y al coste de los factores, y que los argumentos que emplea el gobierno para justificar el cambio metodológico son débiles.
 
En cualquier caso, y volviendo al punto inicial, existen datos económicos y sociales de Cuba publicados con anterioridad a 1959, que tienen como principal virtud que no están viciados por prejuicios ideológicos derivados de la ascendencia de la revolución cubana al poder, que permiten establecer comparaciones con otros países de su entorno más próximo y del mundo en general, e incluso con respecto al momento actual cuando ello es posible.
 
He aquí algunos comentarios, datos y cifras extraídas fundamentalmente de tres trabajos citados (la “Geografía de Cuba” de Levi Marrero, el “Atlas del desarrollo económico” de Norton Ginsburg y el “Balance económico-social de 50 años de revolución en Cuba”, de Carmelo Mesa-Lago), que se añaden a los ya comentados con anterioridad en materia socio-económica, salud o educación:
 
·         El Producto Interno Bruto[6] por habitante (PIB p/h) de Cuba se colocaba en 1958 en el tercer lugar de la región, sólo superado por Venezuela y Uruguay.
 
·         La proporción de la Formación Bruta de Capital Fijo[7] en relación al PIB (o tasa de inversión) era del 17,6% en el año 1957, la quinta más alta en la región.
 
·         La Renta o Ingreso Nacional Bruto[8] ascendía a finales de la década de los años 50 a 2,200 millones de pesos o dólares, ocupando el puesto número 40 dentro de una lista de 91 países. En Latinoamérica ocupaba el 6º lugar.
 
  • Al calcular la Renta o Ingreso Nacional per cápita, Cuba se adelantaba a los puestos 31 y 5 en el ranking mundial y latinoamericano respectivamente. Según estos datos, la nación se situaba entre los 36 países que ocupaban el estrato superior a escala mundial.
 
·         Si bien aún existían marcadas diferencias en cuanto a la distribución del ingreso (el estrato más bajo estaba integrado probablemente por los campesinos de la Ciénaga de Zapata o de la Sierra Maestra, sin que ello signifique que sus condiciones fueran generalizables o representativas de toda la población campesina) resultaba evidente la considerable elevación del nivel de vida de la población durante los casi 57 años de República.
 
·         Cuba ocupaba el tercer lugar en América Latina detrás de Venezuela y Puerto Rico en la proporción de automóviles por habitantes; el cuarto lugar en la proporción de teléfonos detrás de Puerto Rico, Argentina y Uruguay; el tercero en cuanto al número de radiorreceptores por habitantes, y funcionaban 270 estaciones de radio. Cuba fue el segundo país del continente, detrás de los Estados Unidos, en tener televisión (un televisor por cada 25 habitantes) y en 1958 existían 23 estaciones de televisión, una de ellas en colores. Con una circulación diaria de 101 ejemplares de periódicos por cada 1,000 habitantes, ocupaba el lugar 33 entre 112 países analizados. En Latinoamérica solo era superada por Uruguay, Argentina y Panamá.
 
·         Según el censo de 1953, el número de habitantes por vivienda ascendía a 2,9 y más del 55% de las mismas disponía de servicios de acueducto y electricidad. En el período comprendido entre 1954 y 1958 las inversiones en el sector de la construcción promediaron 92 millones de pesos o dólares anuales y se edificaron unos 5,000 edificios por año, multifamiliares en su mayoría. No obstante aún quedaba una ingente tarea por realizar en cuanto a las viviendas rurales y de bajo precio. En La Habana existían los “solares” o casas de vecinos, pero no existía el sobrecogedor panorama de muchas capitales latinoamericanas, rodeadas de favelas y villas miseria. El conocido Barrio Las Yaguas era un remanente en extinción de la crisis de 1929-33.

·         La homogeneidad y la fluidez de la sociedad cubana, así como la ausencia de relaciones de trabajo de tipo feudal o de una economía tribal, habían propiciado el desarrollo y la extensión de la clase media. No hay informaciones estadísticas precisas sobre la proporción que representaba la misma dentro de la sociedad cubana, pero los estudios citados por Levi Marrero la situaban proporcionalmente entre el 22% y el 33% de la población. El economista Juan F. Noyola aporta sus apreciaciones al respecto: “el grupo de ingresos medios de Cuba era el mayor de Latinoamérica… las diferencias regionales y culturales entre los distintos sectores de la población (eran) mucho menos marcada que en otros países… los contrastes entre miseria y pobreza eran menores… Cuba (era) uno de los países, con excepción tal vez de Costa Rica y Uruguay, donde (estaba) menos mal distribuido el ingreso en América Latina”.

·         A mediados de los años 50, Cuba ocupaba el puesto número 26 en una lista de 93 naciones en cuanto al valor calórico de la dieta per cápita diaria, con 2,700 calorías (2,870 según la FAO) En el continente solo era superada por Argentina, Estados Unidos, Canadá y Uruguay.
 
·         La alimentación cubana estaba próxima a disponer de una proporción adecuada de grasas y proteínas. Las proteínas de origen vegetal eran aportadas por las legumbres, y en cuanto a las proteínas de origen animal el país era uno de los mejor abastecidos proporcionalmente a escala mundial, al disponer de algo menos de 6 millones de cabezas de ganado vacuno (casi una res por habitante) a lo que se sumaba el ganado porcino.

·         El consumo per cápita de carne roja al año era de 34 kilogramos, a lo que habría que añadir el consumo de aves y pescado. El precio de la carne de vacuno era mucho más bajo que en casi todos los países latinoamericanos, lo cual la hacía accesible a amplias capas de la población.
 
·         La producción anual de leche en 1958 era de 771,000 toneladas métricas, alrededor de un tercio de litro diario por habitante, y la industria avícola producía 315 millones de huevos al año, sin incluir la pequeña producción doméstica no contabilizada.
 
·         La proporción de la población empleada en la agricultura hacia el año 1955 alcanzaba el 58% en Europa meridional, el 73% y el 76% en África del Norte y subsahariana respectivamente; el 62% en América Central, el 55% en América del Sur, en Asia más del 70% como promedio, y en América del Norte el 13%. Cuba ocupaba el rango 30 entre 97 países analizados, con solo el 30,5% de la población económicamente activa ocupada en este sector.
 
·         Numerosos sociólogos y economistas coincidían en afirmar que Cuba no era un país campesino típico. No había agricultores de subsistencia, excepto una pequeña minoría. Según el economista Noyola, no existía (como en Bolivia, en Guatemala, en México, en Europa central u oriental y en China) el tipo de campesino tradicional, una especie de remanente cultural de otras épocas, apegado a la tierra, profundamente tradicionalista y reacio a cambiar los métodos y técnicas de producción, no incorporado a la economía de mercado, y muchas veces ni siquiera lingüísticamente a la cultura nacional como los mayas de Guatemala, los aymaras de Bolivia, o muchos de los numerosos grupos indígenas de México. El campesino cubano, al ser culturalmente moderno e incorporado a la civilización del país, era considerado como un factor de éxito en el desarrollo de una posible reforma agraria.
 
·         Cuba era el primer productor mundial de azúcar en la década de 1950, a pesar de lo cual disponía de vastas extensiones de suelo agrícola no cultivado, debido entre otros factores a la existencia de latifundios inactivos (cuya extinción prescribió la Constitución de 1940) y a la mala distribución de la tierra como consecuencia del latifundismo azucarero y ganadero. No obstante, Cuba ocupaba el segundo lugar entre todos los países latinoamericanos en cuanto a la utilización proporcional de los suelos agrícolas, con el 17% del área total cultivada. El promedio latinoamericano era del 5%, y el mundial del 10%.
 
·         Cuba producía hacia 1957 más del 75% de los alimentos que consumía, según CEPAL, y algunos renglones como el arroz, las patatas, la piña, el tomate, el café o los frijoles reportaban espectaculares incrementos en ese año con respecto al promedio de 1935-39.
·         En Cuba existía una tradición de agricultura extensiva que comenzó a cambiar con el cultivo comercial de los productos antes mencionados, entre otros, y que trajo como resultado el empleo (y la producción nacional) de fertilizantes y sistemas de regadío. De un listado de 102 países, Cuba ocupaba junto con España el lugar 35 al utilizar una proporción de 26 Kilogramos de fertilizantes por hectárea cultivada. El promedio mundial era de 22 Kg/Ha.
 
·         En el año 1959, los porcentajes de la fuerza de trabajo ocupada en la industria eran los siguientes: África 11%; Asia 10%; Latinoamérica 17%; América del Norte 37% y Europa Occidental el 42%. Según el censo de población de 1953, el 23,9% de la fuerza de trabajo en Cuba estaba ocupada en el sector de la industria, cifra que se elevaba al 30% antes de terminar la década.

·         La primera industria del país, la azucarera, contaba con 161 centrales, pero existían al propio tiempo 2,340 establecimientos que producían 10,000 productos industriales diferentes. La producción del sector alcanzaba los 1,000 millones de pesos o dólares, casi la mitad del producto nacional, y de ella menos de la mitad, 483,5 millones, se correspondía con el azúcar, con lo que el proceso de diversificación industrial había comenzado mucho antes de la revolución, fundamentalmente a partir de la década del 30´ con la incorporación y/o el desarrollo de la producción textil y el cemento, la minería, la industria alimenticia, bebidas y licores, el calzado (con una producción que superaba los 14 millones de pares al año) la industria química, el papel y los plásticos, la industria gráfica, la madera, la industria pesquera, y el turismo (este último aún incipiente, pero pujante) unido a la tradicional industria tabacalera.

·         Cuba ocupaba en el año 1955 el lugar 33 dentro de un listado de 124 países en cuanto a consumo de energía, con 65,3 millones de megavatios hora. El consumo energético per cápita era de 11,8 megavatios hora anuales. La media mundial era de 10 Mgv/h, y Cuba ocupaba el puesto 25 en este ranking. En Latinoamérica era la primera, seguida por Venezuela.
 
El sector comercial cubano era muy denso. En 1958 existían unos 65,000 establecimientos comerciales (uno por cada 1,000 habitantes aproximadamente) que empleaban a 254,000 personas, y que exhibían una media anual de ventas de 2,500 millones de pesos o dólares.
 
Un problema crónico que sin duda afectaba a la economía cubana en la etapa republicana era el desempleo y el subempleo, asociado principalmente a las características estacionales de su principal industria, la azucarera.
 
Al desempleo estacional, conocido como tiempo muerto, se sumaba la reducción del período de elaboración fabril como consecuencia de una mayor eficiencia tecnológica de los procesos, algo muy favorable desde el punto de vista del rendimiento industrial y de la competitividad internacional del sector, pero que reducía la capacidad de absorber mayor cantidad de mano de obra.
 
Ello provocaba, según Levi Marrero, que de una fuerza de trabajo de 2.200,000 personas, equivalente al 53% de la población mayor de 14 años (en aquel entonces considerada internacionalmente como la edad laboral mínima) existiera un desempleo crónico del 16,4%, agravado por la existencia de un 6,1% de subempleados.
 
Debido a ello, a las convulsiones políticas y económicas que se sucedieron a lo largo de la primera mitad del siglo XX, a las presiones del bien organizado e ideologizado movimiento obrero cubano, al accionar de una sociedad civil que disponía de los medios para hacerse escuchar, e incluso a las prácticas populistas de algunos presidentes, Cuba llegó a disponer de una importante legislación laboral, muy avanzada según los cánones de la socialdemocracia.
 
Efrén Córdova aporta un análisis[9] de dicha legislación, llegando a la siguiente conclusión final:
 
“… A la política laboral de la República cabe en cambio acreditarle el que Cuba tuviera en 1959 uno de los ingresos per cápita más altos de la región latinoamericana y que, según datos de la OIT, dedicara un 66,6 por ciento de su producto nacional bruto al pago de sueldos y salarios.”
 
Según este autor, existe consenso entre los especialistas en considerar que la protección laboral de los trabajadores entre 1902 y 1933 fue insuficiente y de aplicación irregular, aún cuando se produjeron algunos avances de cierta relevancia.
 
Con la caída del dictador Gerardo Machado en agosto de 1933, y bajo los efectos de la crisis económica internacional comenzada en 1929, se adoptaron por parte de los gobiernos provisionales de Grau San Martín y de Mendieta (1933-34)… “importantes medidas de protección social: la jornada máxima de ocho horas «para toda suerte de ocupaciones», la creación de la Secretaría del Trabajo, el derecho de sindicalización, que invistió de personalidad jurídica y ciertas protecciones a las organizaciones que hasta entonces se regían por la insuficiente Ley de Asociaciones, la nacionalización del trabajo (inicialmente conocida como Ley del 50 por ciento) la regulación del trabajo de mujeres y menores, el mejoramiento de las prestaciones por accidentes del trabajo, las vacaciones retribuidas, las comisiones encargadas de fijar los salarios mínimos, el derecho de huelga y la creación de las comisiones de cooperación social (que fungirían como órganos de conciliación y arbitraje) y la protección contra el despido injusto.”
 
Posteriormente se promulgaría el Decreto 798 de abril de 1938, referente a la contratación laboral, que sirvió en la práctica como una especie de código del trabajo, y la Ley de Coordinación Azucarera de 1937, por el cual se vinculaban los salarios del sector a los precios del azúcar. Más tarde, el articulado del Título VI de la Constitución de 1940 incluyó una cantidad de preceptos válidos, que no siempre contaron con un apropiado desarrollo posterior mediante leyes complementarias.
 
De cualquier manera y por mandato constitucional, la legislación laboral republicana fue acumulando beneficios sustanciales para los trabajadores cubanos, como… “el derecho a un descanso semanal de uno y medio o dos días, a un mes de vacaciones por cada once de trabajo, a cuatro días de inactividad por fiesta o duelo nacional y a nueve días de descanso por enfermedad que normalmente se conferían aun cuando no mediase enfermedad alguna, así como a un día adicional de descanso en el verano para los empleados de empresas comerciales y oficinas. El cómputo de todos esos descansos arrojaba en 1957 un año laboral de 1880 horas…
 
Eso es apenas 105 horas más que el actual año laboral español de 1,775 horas. El trabajo de los menores y de las mujeres se ajustaba a la normativa internacional vigente entonces.
 
Según Efrén Córdova, el ordenamiento laboral de la República fue en ocasiones francamente antieconómico, tutelar, relativamente generoso y/o permisivo según el caso (con lagunas y excepciones importantes, como los siempre postergados obreros agrícolas no azucareros). Como ejemplo del coste económico de los beneficios que se habían concedido al trabajador, sitúa los acuerdos adoptados en el XI Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba de 1961, ya en plena revolución, mediante los cuales los delegados acordaron por unanimidad “renunciar al bono de Navidad, al pago de los nueve días de indemnización que se pagaban a fin de año aún cuando no hubiese habido enfermedad, a la remuneración por horas extraordinarias de la zafra de 1962, al 9,09% de las 44 por 48 horas de trabajo a la semana, a las cláusulas sobre participación en las utilidades, y a cualquier otra que se estimara contraria al desarrollo y la productividad”, porque según dijera Fidel Castro en el discurso de clausura “esos beneficios eran pagos absurdos que obstaculizaban el desarrollo y la revolución”.
 
·  Uno de los argumentos preferidos para desacreditar la etapa republicana anterior al triunfo de la revolución, es la subordinación económica y política de Cuba a los Estados Unidos de América, y las constantes referencias a la entrega por parte de la metrópoli española de la soberanía de la isla al vecino del norte mediante el Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898, que tuvo como posterior corolario la conocida como Enmienda Platt, vigente desde 1901 hasta su derogación el 29 de mayo de 1934, que ciertamente representó para muchos una ominosa limitación del ejercicio de la soberanía nacional, y el inicio de un sentimiento antinorteamericano más o menos extendido.
 
Esta no fue, como muchos creen, una enmienda a la constitución cubana de 1901, sino a la Ley sobre Presupuestos del Ejército en el Exterior de los Estados Unidos, propuesta por el senador Orville H. Platt, que se añadió a la primera como apéndice, y cuyo artículo más conocido y polémico, el tercero, establecía textualmente lo siguiente: “Que el Gobierno de Cuba consiente que los Estados Unidos pueden ejercitar el derecho de intervenir para la conservación de la independencia cubana, el mantenimiento de un Gobierno adecuado para la protección de vidas, propiedad y libertad individual y para cumplir las obligaciones que, con respecto a Cuba, han sido impuestas a los EE.UU. por el Tratado de París y que deben ahora ser asumidas y cumplidas por el Gobierno de Cuba”.
 
Al margen de los intereses de los grupos políticos norteamericanos en esa dirección o en la contraria (que también los hubo) de las opiniones de la prensa estadounidense, de los “lobbistas” cubanos en los aledaños al Congreso y a la Casa Blanca, y en particular de la corriente anexionista de la que participaba un numeroso grupo de cubanos (que junto a la autonomista y a la independentista, claramente predominante, conformaban las opciones políticas mayoritarias de la época), este fue un requisito exigido por España, que quería impedir a toda costa el establecimiento de la República de Cuba, supuestamente por temor a que las vidas y propiedades de los peninsulares se pusiesen en riesgo.
 
La historia demostró que ese temor era totalmente infundado. Los cubanos nunca pelearon contra los españoles, sino contra el gobierno español, y dada la inextricable red de lazos familiares existente en la sociedad cubana entre peninsulares y criollos, la guerra de independencia de Cuba (cruel y devastadora como pocas), tuvo un marcado carácter de guerra civil.
 
No solo no ocurrió nada después, sino que cientos de soldados españoles desertaron, se quedaron a vivir en “territorio enemigo”, e incluso algo más de dos décadas después hubo que regular la contratación para facilitar el acceso al trabajo de los cubanos, como consecuencia de la notable migración hacia Cuba desde la península. Según Hugh Thomas,[10] solo entre 1902 y 1910 llegaron a la isla 200,000 peninsulares, en su mayoría gallegos y asturianos.
 
(continuará)

NOTAS:
[1] Our Man in Havana, novela del escritor británico Graham Greene llevada al cine en 1959, producida y dirigida por Carol Reed,  protagonizada por Alec Guinness, Burl Ives, y Maureen O´Hara entre otros, y rodada en La Habana.
[2] La prostituta y el actual híbrido entre proxeneta y gigoló tropical.
[3] Es la cantidad de unidades monetarias locales que se necesitan para adquirir, dentro del país en cuestión, la misma cantidad de bienes que en EEUU se comprarían con un dólar estadounidense. Los bienes deben ser iguales o al menos comparables. Mesa-Lago comenta que “los organismos internacionales y regionales, como el PNUD y la CEPAL, no han logrado medir hasta ahora ese indicador en Cuba con un mínimo de confiabilidad”.
[4] Mesa-Lago, Carmelo.- “Balance económico-social de 50 años de revolución en Cuba” Ediciones Universidad de Salamanca América Latina Hoy, 52, 2009, pp. 41-61
[5] De Miranda Parrondo, Mauricio.- Los problemas de la inserción internacional de Cuba, y su relación con el desarrollo económico.”   Op. Cit. Pag. 335-336  
[6] Producción total obtenida dentro del territorio económico del país. No incluye los consumos intermedios (de materias primas, materiales, etc.) para evitar su doble contabilización, como producción en unos casos y como consumo en otros. 
[7] Valor de los bienes duraderos nuevos (maquinarias, equipos, etc.) y de los servicios incorporados a ellos adquiridos por las unidades productoras residentes para ser utilizados durante un plazo superior a un año en el proceso productivo. Además deben incluirse también los bienes usados procedentes de la importación, así como las grandes reparaciones o mejoras de los bienes existentes que cumplan una de estas dos condiciones: que alarguen su vida media o que modifiquen sustancialmente su estructura.
[8] Mide el ingreso o la renta total obtenida por todos los agentes económicos residentes dentro del territorio (hogares, empresas y administraciones públicas) por lo que es necesario incorporar la renta recibida por las unidades residentes procedentes del exterior y deducirle la renta (originada como consecuencia de la producción realizada en el país) que ha sido transferida a unidades residentes en el exterior. No incluye las ganancias y pérdidas de capital, que en cuentas nacionales se denominan “de posesión”.
[9] Córdova, Efrén.- “Política laboral y legislación del trabajo.” Revista Encuentro de la Cultura Cubana nº 24, Primavera de 2002. Páginas 212 a 222.
[10] Thomas, Hugh.- “Cuba. La lucha por la libertad” Capítulo 35, página 361

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