en algun momento como resultado de la catarsis generada no por la muerte de quien tu sabes, sino por la complementariedad de intereses a ambos lados del estrecho, se instrumentara un plan marshall "con todos y para el bien de todos",...
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Latercera/ Alvaro Vargas Llosa
Como ocurre de tanto en tanto, en las últimas semanas se desataron
los rumores sobre la muerte de Fidel Castro. Alcanzaron la suficiente
acústica como para que La Habana se viera obligada a desmentirlo
mediante la lectura, por parte del ministro de Salud Pública, de una
carta aparentemente enviada por Castro, felicitando a una promoción de
graduados en una escuela de medicina. El desmentido, que no vino
acompañado de ninguna imagen, no bastó para aquietar las aguas: la
última vez que Castro apareció en público fue durante la visita del Papa
Benedicto XVI y la última entrega de su columna “Reflexiones de Fidel”
es del 19 de junio. Comoquiera que, a sus 86 años y enfermo como está,
la salud del ex dictador no hace inverosímil que cualquier día de estos
los rumores acaben siendo ciertos, no es ocioso imaginar lo que sucederá
en las relaciones -siempre tormentosas- entre Estados Unidos y Cuba
después de Fidel.
Por lo pronto, la relación será intensa, porque así lo determinan la
tradición y el millón largo de cubanos que viven en Estados Unidos.
Desde los albores de la república estadounidense, Cuba importó. Allí
están las cartas de Thomas Jefferson, nada menos, hablando de haber sido
“siempre de la opinión de que Cuba sería la adición más interesante que
pudiera hacerse en nuestro sistema de estados”. Un sueño acariciado por
muchos de sus compatriotas entonces y después: la guerra de 1898,
mediante la cual Estados Unidos acabó con la relación colonial entre
Cuba y España, no se tradujo en independencia real hasta 1934, pues
mediante la Enmienda Platt de 1902, Washington dictó parcialmente los
asuntos de la isla durante décadas. Y aunque desde hace medio siglo las
relaciones están formalmente interrumpidas, en la práctica las sigue
habiendo. Son bastante más intensas de lo que mucha gente se imagina.
Estados Unidos, a pesar del embargo, vende a Cuba alimentos y
medicinas y le envía remesas y ayuda humanitaria. Todo ello, por un
valor que oscila, según el año, entre los 2 mil y 3 mil millones de
dólares. Ya desde 2003 Estados Unidos pasó a ser la cuarta fuente más
importante de importaciones para Cuba y el quinto socio comercial, y
todavía es su principal vendedor de pollo, maíz, soja, trigo, cerdo y
otros productos, aun cuando la escasez de dinero en Cuba ha reducido la
compra. Sólo las remesas alcanzan anualmente los 900 millones de
dólares, a lo que se suma el gasto de los turistas y visitantes
cubano-americanos, a los que el Presidente Obama levantó las
restricciones que todavía pesaban sobre sus desplazamientos a la isla.
Siendo así de sustancial la relación bajo el embargo y el signo de la
enemistad política, no es difícil imaginar lo que sucederá después.
Ello, claro, en el entendido de que se produzca un proceso genuino de
transición y no la continuidad del régimen en sus actuales condiciones
bajo Raúl Castro o eventuales sucesores. Porque si ese fuese el caso, la
naturaleza del sistema político norteamericano hace impensable que
Estados Unidos, a pesar de la presión de la comunidad empresarial y el
relativo cambio de opinión que se ha producido entre los cubanos de la
Florida y Nueva Jersey gracias a las olas migratorias más recientes,
modifique drásticamente su política.
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