Por Andrés Pascual
Nonito Donaire le ganó por decisión dividida a Wilfredo Vázquez jr (un
juez estaba en “la luna de Valencia”, entonces votó 115-112 por el
boricua) la faja mundial vacante de peso supergallo versión OMB.
Si algo demostró Papito en esta pelea fue que le sobra el valor para
ganarle a un peleador como el filipino, pero le falta la velocidad,
porque la famosa pegada del llamado Flash no espanta en las 122 libras
y, cualquier otro recurso, nadie lo apreció como determinante en la
victoria que, aunque holgada, puede catalogarse de “pírrica”, por la
forma como le dejaron la cara: recibió más que un catcher de beisbol
después de un maratón de 18 innings, no obstante, conectó más y con más
poder, alguna que otra vez, al hijo del legendario triple-campeón y
orgullo puertorriqueño, Wilfredo Vázquez.
Hay peleadores de estos tiempos que no pueden soportar la carga de
respeto por el público y por el oponente que exige ser un boxeador de
grandes ternas y números, entonces se dedican a payasear, a deslucir un
pleito sin importarles cuánto afectan su imagen: la conducta francamente
ridícula del asiático bajando la guardia, incluso agachándose delante
de Vázquez jr, causó el efecto contrario al que buscaba, porque casi
todo el mundo entendió esos gestos poco atractivos como resultado de la
frustración a que se puede llegar cuando no se tiene el poder suficiente
para noquear a alguien que, si bien no podía ganar, no se contuvo en su
empeño de, por lo menos, complicarle las cosas a este payaso de factura
oriental.
Papito lució mejor que Donaire, porque todo el mundo sabía que no podía
ganar, pero muy pocos que se iba a mantener de pie, recibiendo y
tirando, en medio de una derrota que le resultó muy cara al ganador.
Por mi parte, me quito el sombrero ante Papito Vázquez, que boxeó como
un campeón y perdió como tiene que perder alguien digno de tamaño
calificativo: con honor y responsabilidad profesional; mientras, la
imagen de Nonito distó mucho de la que, obligatoriamente, tiene mostrar
quien aspira a que se le respete y se le trate como al fenómeno de
Fistiana que, realmente, no es.
Antes de terminar, Guillermo Rigondeaux es más rápido que Donaire y pega
más, por lo que sería un milagro que esa pelea se celebre, porque la
gente detrás del paisano de Pacquiao podrán ser de todo menos estúpidos.
Esas payaserías y ese nombre terminan la noche que se le ocurra a su esquina subirlo contra el cubano, si no al tiempo.
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