Desde el sitio de Ichikawa
Arnaldo M. Fernández
El 6 de junio de 1987, el mayor Florentino Aspillaga Lombard cruzó en
carro diplomático la frontera entre Checoslovaquia y Austria para
dirigirse a la embajada americana. A los nueve días estaba en Washington
para mejor debriefing con la CIA. Aspillaga era jefe de la
estación de Dirección General de Inteligencia (DGI) en Praga, por donde
pasaba la mayoría de los agentes ilegales de Castro, sobre todo hacia
Latinoamérica. No en balde Aspillaga anunció que revelaría las
identidades de 350 agentes infiltrados en gobiernos extranjeros y hasta
dio plazo explícito para que esos compañeros regresaran sanos y salvos a
la Isla. Aspillaga abrió con entrevistas para Radio Martí (agosto 3 y 7, 1987), siguió con el reportaje “Spilled Beans; A defector bares Cuban secrets” (Time,
agosto 24 de 1987, página 17) y así salió al ruedo mediático su golpe
demoledor contra Castro: Aspillaga puso al desnudo a 38 agentes de la
CIA que eran realmente agentes de Castro y advirtió de paso que Castro
había detectado a 151 de 179 agentes de la CIA relacionados de algún
modo con el «problema cubano», entre ellos 24 asignados a la sección de
intereses de EE. UU. en La Habana (SINA), quienes fueron transferidos de
inmediato.
Dizque Aspillaga consiguió identificar hasta 85 dobles agentes y puso
en la picota que casi todo cubano reclutado por la CIA desde 1961
estaba bajo control de la DGI, ergo: casi todo lo que la CIA
sabía sobre Cuba era pura desinformación con guión y coreografía del
propio Castro. Ernest Volkman, co-autor de Secret Intelligence
(Doubleday, 1988, 265 páginas) precisaría que el pobre desempeño de la
CIA y su inexplicable candidez redondearon el éxito de Castro. A este
respecto, un ex analista from inside the company, el Dr. Brian Latell, lamenta en su libro Castro’s Secrets: The CIA and Cuba’s Intelligence Machine
(Palgrave Macmillan, 2012) las fallas de la CIA en su guerra contra
Castro e irónicamente da ejemplo ilustrativo de semejante impericia al
montar buena parte del tinglado analítico del libro sobre el testimonio
de Aspillaga. Para subir la parada de sus revelaciones, Aspillaga contó a
Latell haber dicho a la CIA en el debriefing de 1987 que
Castro sabía que Lee Harvey Oswald mataría al presidente Kennedy en
Dallas (Tejas) el 22 de noviembre de 1963. Este secreto se habría
guardado hasta que Latell resolvió dar a imprenta otro libro sobre «el
problema cubano».
Aspillaga queda desacreditado como testigo fiable porque al darse el escándalo mediático de la película JFK
(1991), de Oliver Stone, se formó (1992) la Junta de Revisión de
Archivos del Asesinato (ARRB, por sus siglas en inglés) para sesionar
largo y tendido —hasta 1998— sin que la CIA presentara a Aspillaga ni
siquiera después que uno de los peritos de ARRB y autor de Crime of the Century
(Branch Line, 1982, 272 páginas), el historiador Michael Kurtz
(Universidad de Luisiana Suroriental), diera el pie forzado de la
conexión de Castro como «algo plausible». Aquí sólo cabe que Aspillaga
sirvió a Latell una anécdota a la carta para el nuevo libro, o que la
CIA desechó a Aspillaga porque no rinde testimonio, sino mero silogismo:
si la mañana del 22 de diciembre de 1963 le ordenaron dejar de rastrear
la estación de la CIA en Miami y enfilar las antenas hacia Tejas,
entonces «Castro sabía que matarían a Kennedy». No hay que ser analista
de la CIA para detectar aquí la clásica falacia de non sequitur.
-Foto: Latell firma un ejemplar de su anterior libro: After Fidel: The Inside Story of Castro’s Regime and Cuba’s Next Leader (Palgrave Macmillan, 2005, 288 páginas), que dio pie a la ilusión cubanológica del «raulismo» © Gerry Broome/AP
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